Vivimos en una época privilegiada. Nunca ha sido tan fácil consultar un artículo, escuchar a un experto hablar sobre el cerebro o resolver una duda sobre crianza o aprendizaje infantil. Y esto es genial porque ha permitido que muchas familias participen de forma más activa y consciente en la educación de sus hijos.
Sin embargo, esa enorme cantidad de información también tiene una cara oculta: no todo lo que circula por internet o las redes sociales está respaldado por la evidencia científica. De hecho, muchas ideas se difunden como si fueran hechos demostrados cuando, en realidad, son neuromitos, es decir, creencias erróneas sobre el funcionamiento del cerebro y el aprendizaje que se han acabado aceptando como verdaderas.
Puedes pensar que ese tipo de contenido solo “engaña” a los padres que no saben reconocer una fuente fiable. Sin embargo, lo cierto es que todos somos susceptibles de creer un neuromito ya sea porque parte de una explicación aparentemente lógica, se repite una y otra vez hasta resultarnos familiar o recurre a términos como cerebro, neuronas o neurociencias que le confieren una apariencia de rigor científico difícil de cuestionar.
De hecho, un estudio reciente de la Necmettin Erbakan University, donde se analizó la aceptación de 13 neuromitos relacionados con el desarrollo infantil entre las familias con hijos en edad escolar, reveló que, de media, los padres suelen dar por ciertas aproximadamente la mitad de esas falsas creencias. Pero, ¿cuáles son los neuromitos en los que más caemos?
1. “Solo usamos el 10 % del cerebro”
Probablemente este sea el neuromito más conocido de todos. De hecho, el estudio que he mencionado anteriormente encontró que tres de cada cuatro padres creían que esta afirmación era cierta. Y no es de extrañar ya que es una idea atractiva que nos hace pensar que todos tenemos un enorme potencial oculto esperando ser desbloqueado. A fin de cuentas, si solo utilizamos un 10 % del cerebro, basta con aprender a activar el resto para desarrollar capacidades extraordinarias.
Sin embargo, la neurociencia lleva décadas demostrando que esto no es así. Las técnicas actuales de neuroimagen muestran que prácticamente todas las áreas del cerebro presentan actividad a lo largo del día, incluso mientras dormimos. Eso no significa que todas trabajen al mismo tiempo ni con la misma intensidad, sino que cada región participa en funciones diferentes según la tarea que estemos realizando.
Eso sí, aunque este mito sea falso, esto no significa que nuestro cerebro no tenga un enorme potencial. De hecho, la realidad es mucho más fascinante ya que, aunque utilizamos prácticamente todo el cerebro, este conserva durante toda la vida una extraordinaria capacidad para adaptarse y cambiar gracias a la neuroplasticidad. Es decir, cada vez que aprendemos una habilidad, practicamos un idioma, resolvemos un problema o vivimos una experiencia nueva, el cerebro se reorganiza y fortalece las conexiones entre sus neuronas. Y ahí es donde radica su verdadero “superpoder”.

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2. “Cuanto más grande es el cerebro, más inteligente será mi hijo”
Otra idea bastante extendida consiste en pensar que un cerebro más grande implica necesariamente una mayor inteligencia. A primera vista puede parecer lógico. Si un músculo más grande suele ser más fuerte, ¿por qué no ocurriría lo mismo con el cerebro?
Probablemente este mito nace porque solemos asociar el tamaño con el rendimiento en muchos ámbitos. Además, durante años se encontraron correlaciones entre el volumen cerebral y determinadas capacidades cognitivas, algo que terminó simplificándose hasta convertirse en una explicación mucho más absoluta de lo que realmente mostraban los datos.
Sin embargo, la inteligencia depende de procesos muchísimo más complejos. Importa mucho más cómo se comunican las distintas redes neuronales, la eficiencia de esas conexiones, la experiencia, el ambiente, la educación, el sueño, la nutrición y las oportunidades de aprendizaje que el tamaño del cerebro en sí mismo.
Curiosamente, este fue uno de los neuromitos menos aceptados por los padres del estudio. Cerca del 68 % identificó correctamente que el tamaño del cerebro no determina la inteligencia. Es una buena noticia que demuestra que algunas falsas creencias empiezan a perder fuerza gracias a una mayor divulgación científica.
3. “Aprender significa crear nuevas neuronas”
Cuando un niño aprende algo nuevo solemos imaginar que su cerebro fabrica nuevas neuronas, como si cada conocimiento viniera acompañado del nacimiento de nuevas células cerebrales. Y lo cierto es que se trata de un mito, aunque tiene parte de verdad. Sabemos que en el cerebro se produce la neurogénesis, es decir, la formación de nuevas neuronas, aunque en mucha menor medida de lo que creímos durante años.
Lo que realmente ocurre durante el aprendizaje cotidiano es algo muy distinto. Aprender consiste, sobre todo, en fortalecer las conexiones que ya existen entre las neuronas, modificar las redes neuronales y hacer más eficientes los circuitos cerebrales. Así, cada vez que un niño practica una habilidad, recuerda una información o resuelve un problema, esas conexiones se reorganizan y se consolidan.
Por eso repetir, experimentar, equivocarse y volver a intentarlo resulta tan importante. No porque estemos creando un cerebro nuevo, sino porque estamos ayudando al que ya existe a construir redes cada vez más sólidas y eficientes. Y esa capacidad de adaptación, conocida como plasticidad cerebral, es una de las mayores fortalezas del cerebro humano y una de las razones por las que seguimos aprendiendo durante toda la vida.
4. “Escuchar música de Mozart hace a los niños más inteligentes”
Pocos neuromitos han tenido tanto recorrido como el llamado “efecto Mozart”. Durante años se difundió la idea de que poner música clásica a los bebés, especialmente obras de Mozart, aumentaba su inteligencia. A partir de ahí aparecieron discos, juguetes, aplicaciones e incluso programas de estimulación temprana que prometían potenciar el desarrollo cerebral simplemente con pulsar el botón de reproducir.
Y este mito tiene un origen real, aunque muy diferente de la versión que acabó popularizándose. En los años noventa, un estudio de la Universidad de California observó una ligera mejora temporal en el razonamiento espacial tras escuchar una pieza de Mozart. Sin embargo, ese pequeño efecto desaparecía rápidamente y nunca demostró que la música aumentara el cociente intelectual ni que tuviera un impacto permanente sobre la inteligencia. Con el tiempo, ese hallazgo se simplificó y acabó convirtiéndose en la popular idea de que la música de Mozart hace más inteligente a los bebés.
¿Esto significa que la música no ayuda al aprendizaje infantil? En absoluto, la música aporta enormes beneficios al desarrollo de los niños y adultos. Se conoce que aprender a tocar un instrumento, cantar, seguir ritmos o disfrutar de la música en familia favorece la atención, la memoria de trabajo, la coordinación, el lenguaje, la regulación emocional e incluso las habilidades sociales.
5. “El cerebro de niños y niñas se desarrolla al mismo ritmo”
Este neuromito puede resultar sorprendente porque también existe el mito contrario. De hecho, durante años se ha repetido tanto que “los niños y las niñas son completamente diferentes” como que “su desarrollo cerebral es exactamente igual”. La realidad, como suele ocurrir en ciencia, es bastante más compleja que cualquiera de estas dos afirmaciones.
Es cierto que el desarrollo cerebral sigue un patrón similar en todos los seres humanos: existen procesos comunes, como la maduración de distintas áreas cerebrales, la poda sináptica o el desarrollo progresivo de las funciones ejecutivas. Sin embargo, eso no significa que todos los niños alcancen esos hitos exactamente al mismo tiempo. Existen diferencias individuales muy grandes influenciadas por la genética, el ambiente, las experiencias, el sueño, la alimentación, el contexto familiar y, en algunos casos, también por el sexo biológico.
La ciencia ha observado que determinadas regiones cerebrales pueden madurar ligeramente antes en las niñas que en los niños mientras que otras siguen trayectorias diferentes. Sin embargo, estas diferencias son medias estadísticas y no permiten predecir cómo aprenderá o se desarrollará un niño en concreto. De hecho, la variabilidad individual suele ser mucho mayor que la existe entre ambos sexos.
¿Por qué creemos en los neuromitos si existe información que los desmontan?
Ahora bien, si estas ideas son falsas, ¿por qué los neuromitos siguen extendiéndose y tantos padres los dan por ciertos? La respuesta tiene mucho que ver con cómo funciona nuestra propia mente.
Partimos del hecho de que nuestro cerebro está diseñado para ahorrar energía. Cada día recibimos una enorme cantidad de información y sería imposible analizarla toda con el mismo nivel de profundidad. Por eso recurrimos constantemente a atajos mentales que nos permiten tomar decisiones rápidas. En la mayoría de las ocasiones estos atajos son muy útiles, pero también pueden hacer que aceptemos como ciertas explicaciones que, aunque suenen convincentes, no están respaldadas por la evidencia científica.
Los neuromitos aprovechan precisamente esa característica de nuestro cerebro. Suelen ofrecer respuestas simples a preguntas muy complejas, como por qué un niño aprende más rápido que otro o cuál es la mejor forma de estimular su inteligencia. Además, suelen presentarse con un lenguaje aparentemente científico, acompañado de palabras como neuronas, plasticidad cerebral o neurociencia. Ese simple contexto hace que muchas personas perciban la información como más rigurosa y creíble, incluso cuando las pruebas que la respaldan son escasas o inexistentes.
A todo ello se suma otro factor y es el hecho de que vivimos continuamente expuestos a los mismos mensajes una y otra vez. Los vemos en redes sociales, los escuchamos en un pódcast, aparecen en un vídeo de TikTok o alguien los comparte en una conversación. Así, esa idea nos va resultando cada vez más familiar. Y cuanto más familiar nos resulta, más fácil es que acabemos creyéndola. No porque sea cierta, sino porque nuestro cerebro suele interpretar la familiaridad como una señal de veracidad.
Asimismo, los investigadores del primer estudio también encontraron una relación entre el nivel educativo y la aceptación de estos neuromitos: cuanto menor era la formación académica de los padres, mayor era su tendencia a creer este tipo de afirmaciones. Eso no significa que estudiar más nos haga inmunes a la desinformación. Todos podemos caer en estas falsas creencias. La diferencia es que desarrollar el pensamiento crítico nos proporciona más herramientas para cuestionar la información antes de aceptarla como verdadera.
Referencias:
Rauscher, F., Shaw, G. & Ky, C. (1993) Music and spatial task performance. Nature; 365: 611. https://doi.org/10.1038/365611a0
Küçükaydın, M. A. (2026) The prevalence of neuromyths among Turkish parents: sources, purchase intentions, and effects on educational strategies. Trends in Neuroscience and Education; 42.
Crédito de foto: Imagen libre de Pexels





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