Hay un castigo al que muchos docentes recurren, casi de manera automática, sin detenerse a pensar en el impacto que tiene en sus estudiantes. No son los golpes – afortunadamente – y tampoco los gritos. Ni escribir una frase 1000 veces o mandar una lista interminable de deberes. Es algo aparentemente inofensivo, pero que puede tener un impacto enorme en la autoestima: la humillación educativa.
¿Qué es la humillación educativa?
“A ver, levántate y lee en voz alta para que todos vean como NO se debe hacer”
“Pero ya llevas tres errores en la misma palabra, ¿qué haremos contigo?”
“Si sigues así, no llegarás a ningún sitio”
La humillación educativa es una forma de bullying en el aula que busca devaluar y dañar emocionalmente a un estudiante o grupo, ya sea de manera directa o mediante burlas o críticas, con el objetivo de hacer sentir mal al alumno, ridiculizarlo o marginarlo ante los demás. A menudo se cree que es un comportamiento exclusivo entre compañeros, pero lo cierto es que también lo usan muchos profesores como forma de castigo para conseguir un cambio en la conducta.
Algunas de las manifestaciones más comunes de la humillación educativa incluyen:
- Desprecio y devaluación. Menospreciar al alumno, haciéndolo sentir inferior o incapaz.
- Lenguaje prepotente o “subido de tono”. Uso de los gritos o palabras contundentes que humillan y denigran al estudiante.
- Burlas y ridiculización. Poner en ridículo al alumno, riéndose de él o haciendo chistes sobre su comportamiento.
- Aislamiento y marginación. Ignorar, excluir o no tener en cuenta al estudiante, haciendo que se sienta marginado.
Como imaginarás es un “recurso educativo” muy peligroso ya que puede causar un profundo daño en la autoestima de los alumnos, afectar la manera en la que aprenden y su relación con el estudio.
Equivocarse no debería ser doloroso
Los errores forman parte del aprendizaje. Los estudiantes necesitan aprender a equivocarse para consolidar el conocimiento, conferirle un sentido personal y alcanzar ese insight que los lleva a integrar lo nuevo con lo que ya conocían. Necesitan tropezar por sí solos, levantarse y empezar de cero con la lección aprendida.
Sin embargo, si cada fallo lo convertimos en objeto de vergüenza o ridículo, lo que estamos promoviendo es que desarrollen un miedo profundo a equivocarse, que vean los errores como algo negativo y quieran evitarlos a toda costa.
Porque cuando usamos la humillación educativa para corregir un comportamiento en el aula lo que estamos haciendo es generando vergüenza, ansiedad o sensación de incompetencia en el alumno y esto, a su vez, hará que evite participar por temor a equivocarse, se bloquee ante las tareas que implican exponerse públicamente o desarrolle una falsa idea de “yo no valgo para esto”.
Porque, en realidad, el castigo por ridiculización no corrige, inhibe.
Autoestima en construcción, una casa con cimientos frágiles
Por otra parte, tengamos en cuenta que la infancia y la adolescencia son etapas cruciales para la construcción de la autoestima que está en pleno desarrollo. Durante estos años, los jóvenes van descubriendo quiénes son a partir del reflejo de tres espejos principales: la familia, los amigos y la escuela.
Y, cuando el aula, que debería ser un espacio seguro, se convierte en escenario de humillación, el mensaje que reciben es: “Tu valor depende de lo que hagas bien o mal delante de los demás”. Y, como supondrás, esto mina los cimientos de cualquier autoconfianza en construcción. De ahí que, lo que tendría que ser una fuente de seguridad y confianza, se termina convirtiendo en un enemigo de una autoestima sana.
El círculo vicioso de la desmotivación que afecta el aprendizaje
Ahora imagina este escenario: Un alumno comete un error. El docente lo corrige con una burla o reproche público. El alumno siente vergüenza y se retrae. Empieza a participar menos por miedo a equivocarse. Al participar menos, practica menos y, por tanto, aprende menos. Su rendimiento baja. Y, entonces, el docente vuelve a señalarlo y, vuelta a empezar.
Es lo que se conoce como “profecía autocumplida” y tiene lugar cuando la expectativa negativa del profesor acaba confirmándose en el alumno, pero no porque sea incapaz, sino porque la dinámica instaurada en el aula lo empuja a fallar. Un bucle de negatividad que se inicia con la humillación educativa y que no solo afecta la autoestima académica, sino también la motivación intrínseca y el rendimiento.
Así lo corrobora la profesora de psicología Carol Dweck en su libro “Mindset: The New Psychology of Success”, según el cual los alumnos que reciben una retroalimentación basada en el esfuerzo y el crecimiento, en lugar de la burla o el juicio, desarrollan una mayor resiliencia y una mayor disposición al aprendizaje. Básicamente, si un estudiante se siente capaz, aprende más mientras que, si se siente torpe, le costará más conseguirlo.
Esto debido a que mientras un contexto emocional positivo genera dopamina y oxitocina que, a su vez, potencian la capacidad de atención y la memoria, la vergüenza o sensación de insuficiencia activa el sistema límbico de defensa, bloqueando la corteza prefrontal, la encargada del razonamiento, la planificación y el aprendizaje.
Entonces, ¿por qué algunos docentes siguen usando este castigo?
A pesar de los numerosos peligros que encierra, la humillación educativa sigue siendo hoy día uno de los castigos que utilizan muchos profesores para corregir conductas en el aula. No siempre lo hacen con mala intención. Muchas veces es una cuestión de hábito o desconocimiento. He aquí algunas de las razones más comunes:
- Modelo recibido. “A mí también me lo hicieron y aquí estoy”. (Sí, aquí estás, pero seguramente con cicatrices invisibles).
- Control rápido de la clase. Ridiculizar a un estudiante “para dar ejemplo” parece una manera eficaz de mantener el orden.
- Falta de recursos alternativos. Cuando no hay herramientas para manejar la conducta, el humor sarcástico o la ironía parecen salidas fáciles.
- Cansancio o frustración docente. Enseñar es agotador y a veces es normal reaccionar desde la emoción más que desde la pedagogía.
El problema es que, aunque pueda parecer funcional en el corto plazo, a largo plazo erosiona la relación educativa, la motivación y el clima del aula. Porque un profesor no solo debe transmitir conocimientos, sino también ser un ejemplo de relación con el error, la frustración y el aprendizaje. Los alumnos, de manera inconsciente, se miran en ese espejo y, si el maestro los ridiculiza, ellos aprenden que el error es motivo de burla mientras que, si el maestro los acompaña, aprenden que el error es parte del camino. La diferencia parece sutil, pero puede marcar una gran diferencia.
Alternativas a la humillación educativa que sí funcionan
La buena noticia es que existen estrategias efectivas a la humillación educativa que no solo evitan dañar la autoestima, sino que fortalecen la confianza y la motivación:
- Da feedback en privado. Si un error requiere corrección directa, hazlo de manera individual, sin exponer al estudiante.
- Mira los errores como oportunidades. Naturaliza el fallo como parte del aprendizaje. Puedes decir: “Este error es interesante porque nos ayuda a ver cómo funciona el proceso”.
- Recurre al modelado positivo. En lugar de señalar lo que está mal, destaca lo que está bien y anima al estudiante a mejorar desde ahí.
- Céntrate en el esfuerzo, no en el resultado. Centra la atención en la dedicación, la estrategia o la constancia, más que en el acierto inmediato.
- Crea un clima de aula seguro. Establece reglas claras: en esta clase todos podemos equivocarnos y aprender del error, sin burlas.
Por último, recuerda que cada vez que un niño baja la mirada y se encoge en su asiento después de una burla pública, no solo pierde motivación: pierde un pedacito de confianza en sí mismo. Y recuperar eso cuesta años.
Al final, la educación con propósito no se mide por la cantidad de contenidos memorizados, sino por la huella emocional que dejamos en cada alumno. Y si esa huella es de miedo, vergüenza o ridículo, entonces no estamos educando: estamos dañando.
El castigo de ridiculizar a un alumno en público es pedagógicamente inútil y psicológicamente dañino. Sustituirlo por prácticas de respeto, feedback constructivo y acompañamiento no solo protege la autoestima, sino que potencia el aprendizaje significativo.
Referencias:
Dweck, C. S. (2006). Mindset: The New Psychology of Success. New York, NY: Random House.
Crédito de foto: Imagen libre de Pexels





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